jueves, 8 de julio de 2021

La desnudez terrible

Lo que es la problemática que me revienta

pecho adentro, corazón arriba, allende el pálpito,

es aquella que acompaña las noches de los solitarios:

el dolor, que es como una seca nuez bajo la lluvia

-más seca mientras más anegada-.

 

Pero incluso más adentro del dolor,

aquella palabra poderosa y sabia

pero harpía y traicionera:

 

VÍCTIMA.

 

¿Qué carajos significa víctima?

¿El enigmático sofista calumniado?

¿Aquel que cae derrotado por la lanza del senado?

¿El otro, que, ciego del espanto y de la lepra,

jamás halló el camino de Emaús?

¿Quién es víctima?

¿Cronopio de la vida real

o fama funesto, calzando compasiones?

 

Yo, que en esta tibia noche de julio

presiento las arañas de la melancolía

¿seré víctima?

 

Pero, bien adentro del tropo

(digamos, en el tuétano del tropo):

¿la víctima no es el verdadero poderoso?

¿No es aquel para quien existe

no la simple y llana y vulgar victoria,

sino el resto del universo?

 

¿Deberé ceder a la tentación de ser la víctima

para sanar qué heridas aún sangrantes?

¿Qué soledades recordadas?

 

¿Habrá un atajo que me salve de dicho desamparo

y me permita nunca declinar mis ojos,

que me haga merecedor perenne

de la canícula divina?

 

Y antes (y peor):

¿Será esta resistencia de ser víctima

el primer síntoma,

el primer indicio

de ya haber caído derrotado

y ni siquiera haberme dado cuenta?

 

Triste dilema: sentirse vencedor

pero ser víctima

y ser el único en el universo

a quien se le niegue dicho hallazgo.

 

¡Qué desnudez terrible!




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