Hace algunos años que mi cuerpo comenzó a hacerme varias bromas. Una de ellas, a la que le tengo cariño, pero que detesto al tiempo, consiste en el crecimiento repentino e inconsulto de un pelo -no un vello, no; un pelo en toda regla, un señor pelo, un pelote- en la parte superior de mi oreja izquierda. El pelo (orgulloso, perenne, firme, de brillo sebáceo) crece a manera de antena en medio del desierto. Su dirección, siempre, es perfectamente perpendicular respecto de Dios. Diríase que lo veo crecer diariamente, como se ven crecer las flores silvestres o los tumores. Y me enternece. Sé que es un mensaje de mi cuerpo, algo así como un chiste. Y me río, seguro, me río con mi cuerpo por ver ese pelo allí, en medio de la nada, absolutamente inútil; o tal vez no del todo inútil; a lo sumo, suntuario. ¿Pero a qué admirador de esperpentos, a qué aficionado al grotesco, a qué espectador inveterado de circos le parecería este pelo un adorno? A mí, desde luego. Pero sé que a pocas personas más. Condenado al ridículo, condenado a la labor filosófica (por sus firmes raíces y su tendencia al cielo -y a la inutilidad) mi pelo se torna manifiesto. Y por eso lo valoro. Lo observo unos minutos, jugueteo con él, lo acaricio (más bien me pincho el dedo con su filo) y me despido de él. Al final, luego de unos minutos de regocijo metafísico, lo arranco. No quiero que nadie lo vea. Y aquel que lo ha visto, que guarde silencio. Quiero a mi pelo, pero me avergüenzo de él. Es mi tesoro culpable. A veces guardo su cadáver sobre el escritorio. A veces, lo acuesto sobre la pantalla de mi celular, que le sirve de camilla y magnifica su grosor y su tamaño, y lo vuelvo a mirar, esta vez ya exangüe. Siento un leve orgullo, por saber que mi cuerpo me ha dirigido este pelo a mí, como quien escribe un poema a su amor. Luego lo arrojo al aire, donde pertenece.
viernes, 17 de septiembre de 2021
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