domingo, 17 de marzo de 2024

Galaxias sin nombre

Una plastilina inmensa, blanca, tan grande

que allí la nada tiene un lugar

donde logra averiguar, la nada

(como solo la nada puede averiguarlo,

es decir, de forma inexplicable e inimaginable),

que los humanos la pensamos amorosamente,

le escribimos tratados filosóficos,

cantamos sus canciones

y, con el silencio,

emulamos sus mensajes.

 

Esta plastilina inmensa, blanca,

en la que la nada cabe,

es el universo. Allí nos desplazamos de un lado a otro

como condimentos en una sopa tibia

impulsados por hervores que perduran

y riachuelos internos,

ignorantes y desdichados y felices.

 

Nos impulsa el amor,

que es el otro nombre

que la gravedad tiene.

 

Objetos celestes de inmensa masa

tienen la dudosa virtud 

de modificar el tiempo.

 

Avanzamos dentro de la plastilina blanca

adensando esta sopa cósmica

de un planeta a otro,

de una estrella a otra,

de un sentimiento a otro,

en busca del tiempo que a veces se estira

-o se estrecha-

y se vuelve inmenso y diminuto como un punto,

un simple punto,

el punto en tus labios donde mis labios no existen,

lejanos como galaxias sin nombre.




 

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