I
De la
palabra sangre
a la gota
de sangre
(que aún
desciende
por el vientre abierto a la última tarde
sorprendida
del rigor del puñal)
solo hay estilo
un
pequeño abismo
de
maestría
en el
arte de crear;
más o
menos la distancia
entre el
hombre
y Dios.
Por mucho
que la palabra
eluda a
la sangre
la sangre
terminará
manchándola
pues toda
palabra surge
del mismo
lugar
de donde Dios proviene.
II
La luz
del sol avanza puntual
a través
de las
cortinas
y clava
su filo
en el
vientre del gato.
A esta
altura del poema
y de la
tarde
el gato
me mira
claroscuro,
herido
y, en su
mirada
algo se
va muriendo.
Desde
luego
soy yo lo que se muere.
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