miércoles, 30 de marzo de 2022

Una clase

 Directo al fulgor del ego la flecha del sol.

 

Pero antes de iluminar la diana

ya había nacido adentro

del corazón oculto del maestro

el mismo hálito de luz

desde la misma estrella.

 

En ese corazón a oscuras

ya el sol

sentía la nostalgia de sus propios rayos.

 

El maestro saludó al grupo,

paseó sus ojos por los rostros

adormilados de los jóvenes,

fue construyendo en ellos

el crepúsculo,

habitaron el abrazo del sol,

la reconciliación del sol

en el centro oculto del corazón del maestro,

que, por momentos,

daba el mismo latir para todos.

 

Fue un destello apenas:

la verdad.

 

Terminada la clase,

la noche cerrada helaba la avenida

pero nadie sintió frío.



miércoles, 23 de marzo de 2022

La ciudad Invencible, de Fernanda Trías

Fernanda Trías tiene una prosa poderosa. Sus historias aparentan ser simples, pero la complejidad salta de pronto a la vuelta de la página y nos atrapa y nos asfixia un poco. Luego nos suelta, nos acaricia y vuelve a su rostro de simpleza. Si hago bien los cálculos, las historias narradas transcurren en la época en la que yo viví también en Argentina. Su descripción de la ciudad es impecable, me trasladó a muchísimos lugares emocionales que creía perdidos en mi memoria. La ciudad invencible sigue en mí. Emerge cada tanto como aquellas ruinas cubiertas por la marea durante extensos periodos del año y que durante algunos días, cuando la marea baja, ofrecen nuevamente su rostro, con su pompa extinta, y la nostalgia vuelve a guarecerse en sus paredes.


sábado, 19 de marzo de 2022

Hombres

Aquella vez regresaste

sudoroso y feliz,

con un bolso de señora

agarrado con ambas manos,

como si fuera

un animal que intenta huir.

 

Lo robaste en la avenida.

 

Todos lo supimos en la cuadra

y varios te admiraron.

Yo sentí cómo el vértigo

me traía los mensajes oscuros.

Carlitos, quien te acompañó,

lloraba, nervioso.

 

Una mujer regresó a su casa

desolada.

Tal vez otros niños, como nosotros,

no cenaron esa noche.

 

No obstante,

habíamos creado algo

real

en el mundo:

éramos

algo así

como

hombres.

viernes, 18 de marzo de 2022

Reflexión

Surjo de los átomos del aire

(como si la fisión nuclear

que amenaza las edades de retiro,

agazapada en el Hogar Presidencial,

hubiera quebrado un poco lo real

y me hubiera filtrado yo

-humedad-

por entre los átomos del aire).

 

Acá estoy,

concreto y real como un sueño.

 

Sentado en este confín del lenguaje

ando feliz contemplando el océano

porque lo profundo nos llama

(allí reside la muerte

única dueña de todos los mensajes).

 

En este contemplar surjo de nuevo

hacia adentro de los átomos del aire.

He visto abrir un hueco en la realidad:

soy yo viéndome contemplar el océano.

 

Somos dos ahora,

humanidad.


martes, 14 de diciembre de 2021

¿Por qué nos pasan cosas?

Dijo mi hija, entre preocupada y alegre:

 

¿papi, por qué nos pasan cosas

todo el tiempo?

 

Sin querer estropear su sentido

de la aventura -que será tan importante para

mantener el árbol de la magia de la vida-

le revelé, seco, a la primera,

el secreto.

 

Porque siempre estamos atentos.

Nos buscan las anécdotas

porque nos gustan las palabras.

A los demás les pasan cosas también

solo que no quieren darse cuenta.

 

Eso me pasó ayer, por ejemplo.

Me pasó que mi hija me soltó preguntas

como acantilados.

 

Con ella vamos conquistando los continentes

del alma.

Viajamos hacia adentro,

donde todavía, ambos,

seguimos siendo el mismo ser.




lunes, 6 de diciembre de 2021

No saber tiene un nombre

Parte del Universo que se mira a sí mismo

y opta por amar.

U odiar.

Decir aquello que a la postre

será la semilla del color:

un simple hombre.

Y al frente un ser de ojos cerrados, que sueña.

 

¿Qué sueña?

¿Qué vértigo instalado ese caer lento,

esa tenue sonrisa que, dormida,

prefigura la alegría que tendrá el sol en la mañana?

 

Mujer dormida, silente panorama

que se expande a partir de unos ojos cerrados.

Soy tu feliz testigo.

O tu espía dudoso.

El peligro que te acecha.

O la firmeza que protege.

 

¿Deberías temer mi vigilia,

el sueño que te ofrece a mí

en esta noche callada?

¿Soy un padre que cuida?

¿Un agazapado asesino?

¿Qué soy,

a esta altura de la noche?

 

El poema no lo sabe.

 

Despiertas y me ves.

¿Qué ocurre?

No saber

tiene un nombre.




lunes, 29 de noviembre de 2021

Camino

 Lo que las palabras saben

y que no pueden compartirnos

pues no estamos diseñados

para comprender dicho misterio

es que la humanidad completa

desde la “primera homínida”

(caída desde la copa de un árbol

a quien miles de años después

se le bautizó Lucy:

dudoso honor de los Beatles

bautizar años más tarde

a una primera fanática

que cruzó los cielos

pero abrazó los suelos),

hasta el último bebé nacido

en tenue silencio

o en colérico grito desgarrado

hace un momento

(y que será siempre renovado

segundo tras segundo

a medida que este poema

avance hacia su muerte

así como cada que tus ojos

lector, lo acaricien);

la humanidad plena, decimos,

desde su origen más remoto

hasta el primer suspiro

de su última tibieza

que se lanza al aire,

ha sido una estrategia

de la vida

para crear las ánforas sutiles

para las palabras.

 

Estratagema extensa

pero válida.

Justificado engaño de las eras:

hacer brotar la humanidad anhelante

para poder almacenar canciones,

para que las palabras

como plagas ansiosas copulantes,

se multiplicaran sin fin,

de mente en mente,

de verso en verso,

explayadas en toda la extensión del rezo

que compone la súplica humanoide.

 

Al principio era el caos.

Precisó del hombre

para volverse verbo.

 

¿El lenguaje te habita

o tú habitas el lenguaje?

¿Tú piensas las palabras

o son ellas las que a ti te piensan

desde antes?

¿Quién y en qué momento

definirá el surgir nuestro

del silencio?

¿Cuántos seres humanos

hacen falta

para alcanzar la última palabra

del Universo?

¿Cuál su sentido profundo?

¿Y a quién dirigida?

¿Simple soliloquio de Dios

u olvido del demonio?

 

Oh, palabra que al final del tiempo

aguardas desde ya

(en la punta de la lengua

de esta humanidad que ya no calla)

a ser pronunciada

letra a letra.

 

Ten paciencia de nosotros.

Llegaremos a ti,

no lo dudes.

Desde el primer balbuceo,

hace milenios,

emprendimos el camino.

Sentencias en pena

 Hubo un decisum del fuego en el que ardieron los jueces

como si la palabra del fragor se rebelara de pronto

y se le antojara un paseo por las pieles.

Hubo llamadas telefónicas que alertaron la noche.

Los zopilotes erectos se lamían el pico

presintiendo el cadáver de Temis en sus lenguas.

Hubo una hoguera de togas en la que Dios se arrepentía.

El palacio de Justicia abrió sus piernas a los tanques

y el hierro rompe todo lo que toca.

Hubo la fiesta de la sangre, hubo la carne chamuscada:

aquelarre de la parca para invocar

el espíritu de la ley.

 

Jugamos aún a desconocer a los culpables

pero los miramos a los ojos diariamente

y ellos sostienen la mirada, desafiantes,

pues son ciegos.

Sostienen la mirada, vigorosos,

pues ven con los ojos del hierro y del fuego.

Más que mirada diríase mirilla.

 

Al fondo de sus ojos

en las noches serenas

los jueces gimen todavía

sus sentencias en pena.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Bromas del cuerpo

 Hace algunos años que mi cuerpo comenzó a hacerme varias bromas. Una de ellas, a la que le tengo cariño, pero que detesto al tiempo, consiste en el crecimiento repentino e inconsulto de un pelo -no un vello, no; un pelo en toda regla, un señor pelo, un pelote- en la parte superior de mi oreja izquierda. El pelo (orgulloso, perenne, firme, de brillo sebáceo) crece a manera de antena en medio del desierto. Su dirección, siempre, es perfectamente perpendicular respecto de Dios. Diríase que lo veo crecer diariamente, como se ven crecer las flores silvestres o los tumores. Y me enternece. Sé que es un mensaje de mi cuerpo, algo así como un chiste. Y me río, seguro, me río con mi cuerpo por ver ese pelo allí, en medio de la nada, absolutamente inútil; o tal vez no del todo inútil; a lo sumo, suntuario. ¿Pero a qué admirador de esperpentos, a qué aficionado al grotesco, a qué espectador inveterado de circos le parecería este pelo un adorno? A mí, desde luego. Pero sé que a pocas personas más. Condenado al ridículo, condenado a la labor filosófica (por sus firmes raíces y su tendencia al cielo -y a la inutilidad) mi pelo se torna manifiesto. Y por eso lo valoro. Lo observo unos minutos, jugueteo con él, lo acaricio (más bien me pincho el dedo con su filo) y me despido de él. Al final, luego de unos minutos de regocijo metafísico, lo arranco. No quiero que nadie lo vea. Y aquel que lo ha visto, que guarde silencio. Quiero a mi pelo, pero me avergüenzo de él. Es mi tesoro culpable. A veces guardo su cadáver sobre el escritorio. A veces, lo acuesto sobre la pantalla de mi celular, que le sirve de camilla y magnifica su grosor y su tamaño, y lo vuelvo a mirar, esta vez ya exangüe. Siento un leve orgullo, por saber que mi cuerpo me ha dirigido este pelo a mí, como quien escribe un poema a su amor. Luego lo arrojo al aire, donde pertenece.

martes, 13 de julio de 2021

Océanos

Océanos grises donde todos los delfines

deslizan sus pieles voluptuosas

mientras huyen, derrotados desde antes,

de tenaces pescadores solemnes.

 

Océanos grises donde las sirenas muertas

flotan boca arriba ofreciendo desnudeces

a la melancolía de la lluvia que en sus pechos

ruidos hace.

 

Océanos grises donde la línea de la sombra

continúa su trama ardiente

que es la cara oculta

de las muertes repentinas.

 

Océanos grises que parieron submarinos

repletos de la coca con que ejércitos de yonkies

rebanan desde adentro sus flojas narices,

arriba, al norte, donde las estrellas del blanco polvo

manchan la misma bandera de la libertad soñada.

 

Océanos grises, medidores, plásticos sedosos,

tirantes límites de la respiración primaria,

densidad del silencio en que mueren los hombres

¿de qué ríos vais hechos

de qué aguas alguna vez limpias

vais llenando vuestras almas?



jueves, 8 de julio de 2021

La desnudez terrible

Lo que es la problemática que me revienta

pecho adentro, corazón arriba, allende el pálpito,

es aquella que acompaña las noches de los solitarios:

el dolor, que es como una seca nuez bajo la lluvia

-más seca mientras más anegada-.

 

Pero incluso más adentro del dolor,

aquella palabra poderosa y sabia

pero harpía y traicionera:

 

VÍCTIMA.

 

¿Qué carajos significa víctima?

¿El enigmático sofista calumniado?

¿Aquel que cae derrotado por la lanza del senado?

¿El otro, que, ciego del espanto y de la lepra,

jamás halló el camino de Emaús?

¿Quién es víctima?

¿Cronopio de la vida real

o fama funesto, calzando compasiones?

 

Yo, que en esta tibia noche de julio

presiento las arañas de la melancolía

¿seré víctima?

 

Pero, bien adentro del tropo

(digamos, en el tuétano del tropo):

¿la víctima no es el verdadero poderoso?

¿No es aquel para quien existe

no la simple y llana y vulgar victoria,

sino el resto del universo?

 

¿Deberé ceder a la tentación de ser la víctima

para sanar qué heridas aún sangrantes?

¿Qué soledades recordadas?

 

¿Habrá un atajo que me salve de dicho desamparo

y me permita nunca declinar mis ojos,

que me haga merecedor perenne

de la canícula divina?

 

Y antes (y peor):

¿Será esta resistencia de ser víctima

el primer síntoma,

el primer indicio

de ya haber caído derrotado

y ni siquiera haberme dado cuenta?

 

Triste dilema: sentirse vencedor

pero ser víctima

y ser el único en el universo

a quien se le niegue dicho hallazgo.

 

¡Qué desnudez terrible!




martes, 29 de junio de 2021

Mantras de la ley

Las fórmulas fueron pronunciadas cabalmente.

En los documentos redactados por la Fiscalía

(con qué precisión, con qué rigor)

se traslucía el dolor.

Las víctimas reclamaron justicia

y la justicia fue dictada sin falta.

 

No obstante, al fondo, un muchacho se batía

bajo el peso de tantas palabras

que lo relataban.

 

Abrumado de que su obrar mereciera

tantos endecasílabos legales,

blandía un silencio de final de tarde.

 

La mirada perdida en un abril lejano,

tal vez aquel, previo a la irrupción de la sangre.

 

Desde luego, en mi caso, cumplí con mi parte,

señalé obviedades,

recordé los incisos,

recité los mantras de la ley.

 

Al final, en los últimos pormenores de la audiencia

procuré restituir al padre y a la madre,

otorgar un amigo fugaz de dos palabras.

 

Pero el joven me miraba y, al fondo,

su abril perdido,

se difuminaba como el fantasma del tiempo.

El mes más cruel se resistía a ingresar

en las dimensiones de una celda.

 

Se aplicó la justicia de los hombres

y retornamos luego al resto del día.

 

Muchas veces pienso en las miradas perdidas

de los niños juzgados.

Nunca sabremos qué miraban sus ojos.

Fotografías viejas, tibias manos,

bellas épocas pasadas

(o que nunca fueron),

donde "madre" era un porvenir

y "padre" un consuelo.


Foto tomada de https://www.alertatolima.com/noticias/carcel-para-hombre-que-intento-violar-un-nino-de-siete-anos

lunes, 28 de junio de 2021

La especialidad de Ishiguro (sobre Klara y el Sol)

Dentro de las hipótesis que cabe plantearse para modificar la perspectiva del narrador en una novela, para, digamos, avanzar un paso más en la denominada 'primera persona' (que ahora parece ser omnisciente, ya que aparece en todas partes), el que se acuda a la perspectiva de la inteligencia artificial (Klara es una AA: Amiga Artificial), resulta innegablemente novedoso. ¿Cómo percibe el mundo un robot? 

Conocemos historias narradas por muertos (Pedro Páramo). Otras, narradas por animales (Flush). Otras, narradas o en las que se da la palabra constantemente a Dios (El evangelio según Jesucristo -y la Biblia, por supuesto). Unas, narradas o en las que se escucha directamente a la muerte (Las intermitencias de la muerte). Otras, incluso, protagonizadas por zapatos (No mires debajo de la cama). Así que no resulta fácil plantear una nueva perspectiva desde ese giro del narrador, pues mucho se ha intentado ya. Pero Kazuo Ishiguro atina al proyectar como eje de la voz narradora lo que de seguro llegará a alojar gran parte de los dilemas del futuro: la posibilidad de que la inteligencia artificial logre total autonomía en sus mecanismos mentales y tenga pensamientos independientes, aprenda y se corrija a sí misma; la posibilidad de que adquiera personalidad, sentimientos, recuerdos; que trace planes y proyectos, que sienta ilusiones y esperanzas. Semejante estrategia pone en jaque, nada más y nada menos, que el concepto de lo humano, porque, bien se sabe, el ser humano es el animal que narra. El giro de la perspectiva del narrador es el primer punto clave en Klara y el Sol.


El otro es la profundidad descriptiva desde la elusión.  Y la profundidad emocional y filosófica, desde la elusión. Eso es este libro. ¿Cómo logra el disciplinado Kazuo Ishiguro -conocedor de la profundidad del alma humana, pero más todavía, conocedor del oficio del escritor-, construir semblanzas muy detalladas de todos y cada uno de los personajes de su novela, sin tener que caer en el facilismo de enunciarlas directamente? Nunca nos señala a Josie -la humana a la que pertenece Klara, la AA narradora- como una niña caprichosa, rebelde, inteligente y vital. Nos permite "observar", a través de Klara, cómo es que Josie es caprichosa, rebelde, inteligente y vital. Una historia narrada por un robot: es la quintaescencia del naturalismo. En este caso, inaugura una suerte de naturalismo posmoderno. Es la visión científica de la vida, objetiva, lograda a través de una mente artificial, esto es, una mente que es un objeto en sí mismo. ¿Con qué silogismo, con qué código, construir la percepción de Klara? ¿Por qué sentir tanto amor por una especie de tataranieta de Siri? Kazuo Ishiguro escribe esta novela, y nos contesta estas y otras muchas preguntas. Pero plantea otras, que es una de las principales funciones de las grandes obras. 

En efecto, hay más: siguiendo lo que al final es uno de los descubrimientos más poderosos de Klara (que nosotros no somos solo aquello que objetivamente somos, sino también una especie de sumatoria jamás totalizada de lo que somos para los demás), al final ha resultado imposible no terminar amando a Klara, ha resultado imposible no terminar sintiendo una compasión profunda por esa "personita" que se ha sacrificado por su humana. Y ver cómo ha terminado su "vida" es suave y lentamente desgarrador. Es decir, es trágico. 


También se trata, esta novela, de la postulación de un futuro utópico, en el que quienes económicamente se lo pueden permitir, modifican genéticamente a sus propios hijos, buscando mejorar sus capacidades. Son los humanos mejorados. Estos, por esas capacidades superiores, son los únicos que terminan teniendo acceso a la educación superior (y a muchas otras cosas). Es la historia de la exclusión de quienes no son mejorados. Y la historia de una forma de ver a la humanidad meramente como competencia y como inteligencia (en esto, tristemente, no hay novedad), en la que la selección natural ha dado paso a una especie de selección artificial. Ciertamente, nada diferente de lo que ocurre hoy día, cuando las naciones del mundo no han logrado más que crear sistemas demasiado tecnificados de exclusión, a través de los cuales lo que termina ocurriendo es que la discriminación de siempre es cada vez más difícil de percibir. Y cada vez más implacable.


Finalmente, hay algo en este libro que me recordó profundamente la maravillosa obra de William Golding, El señor de las moscas. Se trata de la búsqueda o la necesidad de Dios. Y hasta allí, ver a una inteligencia artificial haciendo algo bastante cercano a 'orar' es una de las imágenes más poderosas de la literatura, no solo contemporánea. Como imagen, como idea, es, de entrada, a mi gusto, una imagen clásica, en el sentido intemporal de la palabra. Tal vez cercana a la irrupción de Julien Sorel ante Madame de Renal, en la iglesia, luego de la traición de esta. O a la muerte de una vieja usurera y de su hermana, a manos de un delirante estudiante de derecho. Tal vez cercana a los paseos de una joven mujer casada, algo aburrida, algo soñadora, en un coche tirado por varios caballos, en compañía no de su marido. 


La historia de los desechos de la Historia. La minuciosa descripción del paso de una época que muere, a otra que nace. Esa es la especialidad de Ishiguro. 

Imagen tomada de https://www.alamy.es/imagenes/robot-triste.html

jueves, 25 de marzo de 2021

Milagro íntimo

Lo que hago en el bosque de abajo es caminar a pasos leves, tanteantes, mientras leo. Sí, caminar leyendo. El sueño de tanto lector desesperado por falta de tiempo. Torpe manera –pero efectiva- de hacer algo de ejercicio sin dejar de leer. Lo que pasa, básicamente, es que dejé de leer aproximadamente 10 años (cosas que nos pasan a los asalariados con empleos absorbentes). Y en los últimos meses me ha entrado una ansiedad lectora poderosa. Ha coincidido, eso sí, con un oportuno cambio de empleo, que me ha dado algo más de tiempo. Así que quiero recuperar las letras perdidas. No obstante, sé que, como el sueño, las páginas que dejaste de leer no se recuperarán jamás. Pero al menos, me digo, no quiero perder más que aquellas que ya perdí. 


García Márquez lo dijo: uno viene al mundo con los polvos contados. Así que, bajo una lógica sabrosona y costeña, podría concluirse que es casi un pecado vital desperdiciar un polvo. Pero los casados sabemos que hay un punto en la vida en que desperdiciar un polvo no solo no es un pecado vital, sino que resulta casi una exigencia vital, porque hay noches en las que más que polvos, lo que tu cuerpo necesita son horas de sueño. Pero si esta frase que se atribuye al nobel es cierta, también lo es su variación: uno viene al mundo con las páginas contadas. Y se puede agregar, para mayor angustia: tanto las páginas para ser leídas, como aquellas para ser escritas. Así que, emulando a algún personaje de Bolaño que leía hasta en la ducha, me ha dado por sacar a pasear a Max (mi perro hiperactivo) y leer al tiempo.

 

No siempre es fácil. Pero hay momentos bellos, intensos. Recuerdo la lectura de Novecento, por ejemplo, en los apartes donde Alessandro Baricco narra el vaivén del barco en el que Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento tocaba el piano como nadie, e iba de un lado a otro del salón, bailando con las olas. Mis pasos trémulos, buscones, al pasar las páginas, emulaban esas mismas olas. Así que por momentos mi lectura fue una misma melodía y un mismo baile con el baile de Novecento y mis pasos fueron un nuevo milagro no registrado del caminar sobre las aguas. Un milagro íntimo. 

Pequeño milagro deparado solo a los lectores caminantes.

Imagen tomada de: http://www.hayunaesperanza.net/devocionales/camina-sobre-las-aguas-mira-a-cristo/   

miércoles, 24 de marzo de 2021

Hasta que la gota surja

Digamos que, como una planta de oficina olvidada en su matera en época de pandemia, me he ido secando apresuradamente. Tal vez no tan apresuradamente, pero sí con un ritmo serio, decidido. En un acto desesperado, hace tan solo unos segundos, logré inventarme una teoría que podría sacarme de esto, y que me gusta. Probablemente sea errada, pero me gusta. Y así como Borges sostenía que la función de las hipótesis era ser interesantes, pues la función de mis teorías existenciales no es acertar o errar –es decir, no tienen una relación directa con “la verdad”- sino que sencillamente deben gustarme. Y ya. Pues bien, mi teoría emergente es la siguiente: me seco, porque no escribo. Si escribiera, yo mismo, mis palabras, serían el agua clara que me salvaría de morir resecado por el sol. Así que me dije: “bueno, Juancho, échate un poco de agua”. Y así fue. Ya estando acá, puedo advertir que el agua que le agrego a mi melancolía es viscosa y densa. Onanismo existencial en toda regla, claro que sí.

 

De esta forma, inauguraré este viejo nuevo género del onanismo existencial. Seré mi propio Moisés golpeando con su báculo la roca eterna de la montaña, con la fe intacta (o no) en que de allí brotará el agua viscosa que me mantendrá con vida.

Seré una piedra en el agua

Seca por dentro.

Pero me estaré escarbando

hasta que la gota surja,

claro que sí. 



sábado, 12 de septiembre de 2020

Inmunidad de rebaño


La llama tímida lamía parte del asfalto
y no se atrevía aún
a trepar las paredes del CAI.
Jóvenes ahora sí contentos
de llevar sus tapabocas bien puestos
bailaban al compás de las truflay,
que no siempre apuntaban al cielo,
iconoclastas.
El fuego vibraba en las pupilas y en las almas.
Y todos fueron turba.
Turba diseminada y saltimbanqui
Turba de cazadores acezantes
Turba de espectador entretenido
Como un líquido espeso
la humanidad se derramó falda abajo.
Los árboles de siempre, impávidos
no daban crédito a la escena.
Aún así, militantes de la vida,
protegían el nido y el arrullo.
Por allí caminábamos
y las bengalas relamían nuestras pieles.
Estuvimos al alcance de todas las furias
mas ninguna tuvo ansias de nosotros.
Tropas vibraban con sus botas la vereda.
Los cánticos de los jóvenes tenían sentido,
pero no rimaban.
Hubo un momento en que las turbas
recelaron nuestros pasos.
Ni cánticos ni cacerías:
nuestros pies avanzaban al paso de la noche.
La tensión de ambas turbas duró solo un segundo,
luego siguieron su metabolismo de la Historia.
Al cruzar la algarabía te interrogué, dudoso:
¿Para dónde vamos, cuál es nuestro rumbo?
Parecías esperar esta pregunta.
De inmediato me dijiste:
¿Rumbo?
Yo llegué a mi destino desde que te tomé de la mano.
Y así seguimos,
inmunes a lo que no fuera nuestro abrazo.

Allá van los veloces autos


Allá van los veloces autos
repisando las curvas de la avenida.
Pero a ellos poco les importa.
Ella ensaya un nuevo arco de las cejas
por el que se presiente el arcoíris.
Él planea un atildado amasijo de la frente
imitando tal vez al gato tímido.
Así, van inventando el lenguaje nuevo del hablar bajo la tela
que es tan semejante
al hablar bajo el agua
solo que ahora no se pueden leer los labios
sino solo el énfasis de los ojos.
Van tejiendo en cada gesto esta nueva cadencia
en la que el aire ha recuperado su importancia
y es peligro y dicha a la vez, como todo lo hermoso.



Ya que usamos tapabocas


El sol está embotellado, cómo no, míralo, allí está:
la botella de cerveza lo aprisiona
entre otoños de cebadas meciéndose aún
entre burbujas.
Y la luna exacta capturada allí,
en el reflejo de la mesa de vidrio.
Nótense los planetas lejanos y cometas
en el brillo malicioso de pupilas
que este azar nos depara,
fugaces en su afán de llegar a casa.
Constelaciones suicidas avanzan por la autopista
dejando estelas de luz, tenue aroma a cigarro.
Melodías también,
halo a tristeza.
Vamos de la mano en medio de esta pandemia desatada.
Eres mi cielo aún.
En tu nebuloso silencio me juego mi suerte
noche a noche.
Ya que usamos tapabocas
que hablen nuestros corazones estelares.



Es terrorismo


Es terrorismo
semejante tensión de piel al sol de las 3 de la tarde.
El brillo que perla tu brazo que avanza por el aire
como introduciendo un misterio en el corazón del tiempo.
Palpitar de pájaro liberado es mi espíritu.
Visión de halcón hambriento en vuelo agazapado.
Plena avenida en hora pico,
todos ven lo que yo veo
pero nadie lo encarna
como yo lo encarno.
Pero la profecía se cumple
en tanto esta canción culmina.
No hay desazón que alcance para ver tu marcha
para siempre.
No obstante,
seguimos como si nada:
una pandemia nos espera.
El amonio cuaternario diluye el virus
pero también el verso.



Esta pesadilla que no cesa

Andar sumergido en el fango, apresado por el abrazo pútrido de la húmeda tierra que se empeña en no dejarte avanzar, enlentecido por un atardecer que no acaba nunca, que se prolonga en arreboles a punto de apagarse (pero que no se apagan), avanzando detenido por el lodo que se adhiere a ti como digiriéndote, como si de un masticar lento de la tierra se tratara y tú fueras un simple bocado anhelante, un bocado ciego, aún con esperanzas, embobado en atardeceres que se proyectan entre las hojas casi negras de los árboles. Así atraviesas el final de la tarde, agotando toda tu energía en un paso a la vez, concentrándote dolorosamente hasta liberar un pie del lodo, para avanzar unos cuantos centímetros nomás y sumergirlo de nuevo en un deglutir mezquino que no culminas de entender. Bocado de pie, avanzando en medio del masticar ennegrecido de la tierra, como si la tierra te saboreara antes de tu muerte, como si quisiera lamerte la piel mientras aún vives, para hacerte saber cómo será volver a ella después de tanto tiempo. A lo lejos, parece verse el final del camino: una zona seca, un empedrado tal vez, la salvación. Pero por cada paso que avanzas, la visión se aleja a su vez un paso también. Se deja ver, como exhibiéndose, pero no se deja alcanzar. No sabes si esta esperanza es, mejor, una tortura, como el famélico que fallece tratando de acercarse a un plato de comida puesto a un palmo de distancia, pero que no alcanza, porque primero se lo apura la muerte. Esta es una Ítaca maligna, que se burla. En plena conciencia de la desesperanza, en pleno sentido profundo de la estatua, en plena verdad de la roca, cuando ya cansado de no avanzar te vences y te diluyes en el lodo, despiertas. Abres los ojos y respiras profundo, caminas hacia el baño, el agua fría al contacto con tu rostro te espabila. Te observas ante el espejo, con toda atención, clavas tu vista en tu mirada, hasta alcanzar a entrever una mera silueta en el azabache de la pupila, atrapada en el mismo lodo del sueño, digerida en el mismo meandro de pantano donde empezaste esta pesadilla que no cesa. 


jueves, 11 de junio de 2020

El acto de crear viene de pronto.

Se me viene de pronto el acto de crear,

asalto helado en medio del silencio oculto

que tiembla en cada ruido.

Fíjate bien: dentro del más profundo ruido,

dentro del más estridente ruido,

dentro del ruido más lacerante,

aquel capaz de hacer sangrar los oídos descreídos

incluso de quienes ya han muerto

al escuchar las peores noticias,

hay un silencio tembloroso de ojos abiertos

y aterrados.

Se me viene el acto de crear como si viera de golpe

esos ojos,

y me reconociera a mí mismo en este grito silente.

¿Mis ojos en medio de esta algarabía terrible?

¿Cómo veo mis ojos desde afuera del ruido,

hacia adentro en el más profundo y aterrado silencio?

¿Qué vemos en esta cíclica visión de siameses destinos?

¿Algo entre nosotros va surgiendo?

El acto de crear viene de pronto.

 

Junio 11 de 2020


Juegos

Vi el juego de dos niños uno agarraba al otro de la manga giraban en círculos a la rueda rueda otra niña no fue invitada pero trat...