viernes, 9 de agosto de 2024

Poema policíaco

Fui un niño cruel que jugó al fuego de las almas negras,

blandió, feroz, lápices gastados

para describir fantasmas.


Yo, de niño, a uno de ellos, le animé diciendo:

te veo, fantasma oculto 

en esta última lágrima emisaria,

aún te escucho, sigo atento los mensajes

que me mandas desde el pasado.

Fantasma débil, transparente, 

pero todavía fantasma,

sigues aquí 

en la tenue luz que se apaga al morir la vela.

 

Pero la verdad, fantasma, era otra.

No te sentía ya.

Habías desaparecido desde siempre.

¿Viviste alguna vez, fantasma engañado?

¿Te ilusionaste de verdad?

¿Creíste que alguien (¡por fin!) 

descifraba tu mensaje de la angustia?

 

Tuve el gusto de mentirte siendo niño.


Hoy, te aseguro que jamás pude escuchar

palabra alguna que viniera

de tus labios 

a mi frío.


En esta hora aciaga para ti, pertinaz en mi crueldad, confieso

una última verdad:

ni en aquel entonces

ni ahora

supe diferenciar cuál de nosotros dos

era el fantasma.




Perros perdedores

                        I bet for the loosing dogs

                                                                                           Mitski


Amar, amor, la melodía de perderte

envidiar el baile sediento de la flama que dejas,

vela encendida en la cama, en los sillones

donde ya tu cuerpo no desciende.

 

Amor, amar, el silbo solitario de la tetera,

su anuncio inútil de un agua que hierve

torturada de sí misma

imitadora de mí.

 

Amor, la sombra larga y noble, amar;

la fiel amiga de mis soledades

donde con orgullo ciego

se funde mi piel también ausente de ti

sola, dudosa de ser,

confundida

sin caricia,

sin rastro de tu propia piel que era

escritura.

 

Así, ir por la vida que resta en la melancolía de perderte.

Días largos y profanos se lanzan a las vías del tren

y callan su secreto.

 

Así, amor, amar incluso

la tragedia de perderte.




jueves, 25 de julio de 2024

Vidrio

I

 

El vidrio ingresó al corazón

o nació en él (surgió)

como un pálpito súbito.

El público, admirado, exclamaba:

"¡es un vidrio

y está en medio del corazón!

¡Son los misterios de Dios!"

 

Por mi parte, si bien estaba admirado,

veía con desconfianza el milagro.

No tardé en percatarme el porqué

de mi desconfianza:

el vidrio había nacido en MI corazón.

Con ojos oblicuos de un lince interno

me miraba hacia adentro y un rostro múltiple

se reflejaba en el vidrio facetado.

 

Pude darme cuenta

del origen de la punzada interna

que me llevaba a escribir estas cosas

cada que en la ciudad llueve

o cada que hace sol:

la pulsión que me hermanaba al mundo.

 

II

 

Todavía admirado, pero también inquieto

estiré las manos y tomé el vidrio,

no me costó casi nada

desprenderlo de la aurícula derecha

donde entorpecía desde hace quién sabe cuánto tiempo

el ingreso de la sangre historiada de mi cuerpo.

 

El problema surgió justo allí:

apenas suelto el vidrio, la punzada

desapareció,

la anomalía fue corregida.

De inmediato, el envés del universo

se ocultó de nuevo

al punto que tuve que hacerle caso

al silencio.

 

III

 

(Pasados algunos segundos,

que en tiempos cordiales equivalen a décadas

pues el tiempo del corazón es el mismo tiempo

de los sueños,

me di cuenta del error que había cometido.

Las cosas habían vuelto a ser simplemente ellas mismas

las flores ya no se postulaban a traiciones de la piel ausente,

la luz del sol ya no enviaba alfileres dorados

para castigar caricias,

mi rostro en el espejo

volvió a ser un rostro cualquiera,

la opacidad de mi ojo izquierdo

brillaba, gentil e inocente.

 

No lo resistí.

No lo resistiré.

 

Por eso en este verso

clavo de nuevo el puñal de vidrio,

que es como decir,

tomo de nuevo la pluma

y aprovecho la tinta roja inacabable).

 



miércoles, 24 de julio de 2024

Piel del enigma

¿Cómo encontrar la miel blanca la arena infinita la suave agua

con la que están hechas las almas

de las olas del mar

y las lágrimas de tu dolor,

tan solitario?

 

¿Dónde hallar ese calor

que no sofoca,

que salva la desnudez herida por la lluvia

en medio de las selvas solitarias

de las avenidas?

 

¿Hay un recuerdo,

una cifra,

un enigma resuelto en el envés de la nube más próxima,

aquella que se mezcla a los suspiros de las aves

que planean adentro, muy adentro

en tus ojos vacíos?

 

¿Qué espiral demiurgo, loco, afilado

o tierno

o sereno

hay en tu vientre

y yo debo encontrarlo

para recibirlo entre mis manos que vibran si las miras?

 

¿Qué canción oculta

de economías oblicuas

arrullará nuestro beso?

 

¿Ha germinado ya el árbol cuya sombra

sellará nuestro encuentro?

 

¿A quién hago estas preguntas?


¿Existes ya,

muerte? 




sábado, 13 de julio de 2024

Consuelo del físico

Los físicos habitan la melancolía.

 

Hoy en día

lo primero que confiesan

es la imposibilidad de atrapar un átomo.

 

Luego, con la mirada perdida aún, agregan

que resulta imposible

incluso verlo.

 

En estas confesiones se hermanan con los poetas,

también en sus maneras,

muchas veces incomprensibles,

de demostrar nuestros límites.

 

Como era de esperarse en una especie huidiza

y frágil

como la nuestra,

siempre se nos escapará de la materia

su esencia.

 

Mas luego de coincidir en estas confesiones

un rayo del sol del mediodía

-ese átomo enorme-

alumbra la cuenca de tus ojos,

el hielo negro donde nace tu vista,

el ónix con que trazas líneas delgadísimas

en aquello que miras,

otorgándoles

en la serenidad del tiempo

que se alarga

algo así como un destino.

 

Y nuestros ojos se cruzan y en mi vientre

se anida la tibieza del átomo,

surge desde tu mirada casual hacia mi alma

una estela invisible

y va dejando hitos lunares, 

que luego anoto en mi libreta.

 

Al cabo, ese átomo viajero, me atraviesa y huye

buscando otros ínfimos amores 

para no sentirse solo.




martes, 9 de julio de 2024

Solo

En este instante

neto,

potente,

bloque íntegro

que aprisiono entre mis dedos juntos

-que son un puñado de sal antes de disolverse

en el mar del tiempo-,

cabe todo Dios.

 

Aquí lo tengo,

míralo,

siente su tibieza.

 

Aprieto el puño y lo hago cada vez más chico,

casi no queda nada de él,

solo mi piel que aprieta las grietas de su ser.

 

Al fondo se escucha una música misteriosa,

a mi alrededor el aire se arremolina y se adensa.

 

En un espeso respirar

se enlentece el vaivén de mi pecho.

Algo me aprisiona,

primero con ternura y luego con tremenda fruición,

sin clemencia.

 

El aire de mi ser es expelido

la sangre de mis venas duda.

 

Sé que debo aflojar mis dedos,

 

sé que debo liberar a Dios entre mis dedos,

 

sé que estos juegos no son nada buenos.

 

Pero no puedo.

 

No

 

puedo.

 

No quiero estar solo.




miércoles, 19 de junio de 2024

Secreto encanto

Qué secreto encanto protege

todo cuerpo

frío circular adherido a las paredes internas

de la nada

mucosa sutil con la que ciñes los pliegues del vacío

todo cuerpo protege con su vida

el secreto encanto

del silencio inicial

que aún se escucha

debajo

y antes

de la música de las esferas.




Al niño le dije

Al niño le dije palabras de fuego incomprensibles prematuras

usé el tono grosero de los hombres

señalé, fungí

como juez de su alma aún trémula

asustada de haber nacido

a la sorpresa sostenida de la vida.

 

El niño comprendió prontamente

que el silencio

es la primera cicatriz

que el silencio

perdura todavía

que el silencio de antaño

al cabo de los años

nos hace pronunciar las palabras de fuego

incomprensibles

prematuras

a las inocentes criaturas

que nos miran.





Tarde

Leí, entre tantas noticias que abundan en las redes, la de un hombre, ya mayor, que perdió a su hijo en un accidente de tránsito. La poesía no tiene una utilidad que la justifique. Si así fuera, dejaría de ser literatura y se convertiría en mera propaganda. No obstante, sus mecanismos internos, siendo inescrutables, a veces adoptan la forma del dolor ajeno, desgarran la piel, vibran con ese dolor lejano y se instalan, valiéndose de quien escribe, en una hoja en blanco. Allí, paisaje terrible enviado a través del aire, se dibujan sentimientos que no son propios pero que han sido sentidos y han encontrado una forma de salir al mundo.[1]

 

Tarde

A un hombre que ha perdido a su hijo

 

Allí, en ese exacto lugar del aire, donde nada transparenta

la ilusión de la luz,

jugamos a imitar el sigilo del gato.

Acostados, hijo,

vimos cómo la niebla rodeaba el árbol del parque

y parecía llevárselo.

Temiste ese día que la niebla te llevara

y yo, que nací tantos años antes que tú,

te expliqué con calma que la niebla rodea a todos

pero que no se lleva a nadie verdaderamente.

Es liviana, hijo, y nos hace livianos.

Eso fue lo que te dije.

 

Hoy, cuando miro el aire quieto en esta sala,

me llega, tardío e inútil, el presagio de ese día.

Cómo recuperar de la niebla esa piel tuya.

Cómo reconstituirla desde el aire.

Y los ojos en los que brotaba el asombro.

Cómo avanzar por las calles del mundo

sin tus chicos ojos guiándome.

 

Todo es la niebla.

Todo es el fin del mundo.

No hay sol que nos salve.

 

Extraña forma de la eternidad,

esta,

que nos dejas.






[1] Releo ociosamente una entrada anterior (qué cosa es) y se me hela la sangre. Ese poema narra al final, precisamente, la muerte de un niño atropellado en una carretera. Es, casi, la escena trágica que inspiró el poema Tarde. Coincidencias de la literatura, letras que quieren adornar los destinos escritos desde siempre.

viernes, 31 de mayo de 2024

Nigromancia

I

 

La luz,

misterio sereno, fugaz témpano

secreto.

 

Si el día está inundado de luz

la sombra sea

resistencia.


Bajo la canícula inusual de mayo,

aunque sea, podremos contar

con nuestra sombra.


Su labor, señalar los pasos

que transitábamos ayer,

documentar sin histerias ni furias

nuestra temporal aparición

en el teatro del mundo.

 

II


Luz y sombra, paseo de hoy,

huella

pasajera

del mañana,

retratos fugaces de esto que fuimos

y que ya no somos,

renglón a renglón

hasta desaparecer

en el

aire.

 

III


Abro las palmas de mis manos,

las exhibo al sol del mediodía.

En ellas aún tus huellas dicen cosas. 




miércoles, 29 de mayo de 2024

Los oscuros paisajes

 Hay todavía

un niño en mí,

debajo de

lo solemne de mí,

 

oculto

tras las arrugas

y las cotizaciones

al sistema

pensional

hay un niño en mí.

 

Cuando el niño ríe,

soy feliz.

 

Pero cuando el silencio lo aturde,

cuando la soledad

es la única verdadera palabra,

subo el volumen a la música,

apuro la copa de un sorbo,

acelero a fondo y el motor ruge,


o me quedo mirando

a lo lejos

sin comprender por qué

los oscuros paisajes

se me antojan hermosos.



lunes, 27 de mayo de 2024

Cacerías

"No tengo otro cuenco de arroz que la luna"

Jorge Carrera Andrade

 

El hambre lo decidió. El truco le salía fácilmente hace años, antes de los temblores y esa niebla mental que ya no se iba nunca. Las últimas veces que lo intentó, en cambio, algo lo delataba. Otra cosa era que ya muchos lo conocían y por eso estaban preparados. Ese día, de todas formas, se dijo a sí mismo que tenía que comer o… ¿qué pasaría? ¿Qué pasa si un viejo no come? ¿Qué pasa si un viejo ajusta varios días, con todas sus horas juntas, sin comer? A nadie le importa. En su caso, menos aún. No había sido un buen hombre, eso lo sabía. Ignoraba el paradero de sus hijos. No sabía, siquiera, si a estas alturas estaban vivos o no. Si los viera, no podría reconocerlos. Tenía nietos, eso se lo habían confirmado algunas señoras del barrio, cuando a veces pasaba por ahí, esperando encontrarse a algún conocido para pedirle prestado. Las dos esposas que tuvo habían fallecido hace años, ayudadas por la misma mala vida que supo darle a cada una, con algunos años de diferencia. El hambre lo sacó de la ensoñación en la que estaba, lo hizo mirar en redondo el cuartucho donde vivía. El hambre le hizo mojarse la cara, darle algún afeite a su rostro. El hambre lo hizo ensayar frente al espejo una mirada fija, convincente. El truco consistía en llegar a la caja del supermercado con varios productos voluminosos, algún paquete grande de papel higiénico, algunas botellas de gaseosa, una malla de papa. Ponerlos sobre el mostrador y tratar de pagar con la tarjeta de crédito que tuvo en los buenos años, pero que, desde luego, estaba cancelada y que no sabía por qué milagro de la tecnología, todavía saltaba en el datáfono con el mensaje de fondos insuficientes. Actuar confusión, contrariedad. Mientras todo ello ocurre, ir guardando dentro de la manga de la chaqueta cosas pequeñas, la manteca, la lata de sardinas, alguna lata de conservas. Él sabía que los ojos estaban en la caja y en el datáfono, los ojos del guardia estaban atentos a evitar cualquier estafa. En esos casos pocos creían que alguien se atrevería a ir guardando objetos pequeños en raponazos cortos, a la vista de todos. Pero sus manos tenían la pericia suficiente. No por nada en alguno de sus muchos trabajos de juventud fue aprendiz de mago. Bueno, eso era antes, cuando era rápido y preciso, no como ahora, que temblaba tanto, que erraba las mangas de la chaqueta, que se cerraba en el momento preciso, que se enredaba con las bolsas, que los bolsillos del gabán parecían negarse a participar del hurto y las cosas, ruidosas y altaneras siempre que se les trataba mal, se lanzaban al suelo haciendo escándalo. Pero el hambre es mala consejera, les da ideas fijas a los desesperados. El hambre los hace confiar, una vez más, en que cada intento será mejor que el anterior. Salió a la calle y la luz del sol lo cegó unos instantes. El ruido de los carros lo mareó un poco. A pesar de ello, resuelto, llegó al supermercado de la esquina de Avenida Palermo con Calle 26, cruzó la puerta, ubicó (o creyó ubicar) las cámaras de seguridad, calculó (o soñó que calculaba) de qué manera y en qué caja registradora podría ocultar con la espalda encorvada su mano izquierda, la elegida, tantas veces salvadora pero últimamente caída en desgracia. Tomó un carrito y comenzó, una vez más, la puesta en escena. El estómago le dolía, la cabeza le dolía, las manos no se quedaban quietas, las piernas se sentían frías y débiles. Sudó. Bostezó. Hizo una arcada de aire. Sabía que no vomitaría porque llevaba días sin comer. Llegó a la caja. Saludó con altivez. Puso las cosas en el mostrador. La cajera, seria, fue pasando cada cosa por el lector de código de barras. El pitido le hería los oídos, la luz roja de los precios era un punzón que atravesaba sus córneas. La cajera le dijo el precio. Solícito, sacó la tarjeta de crédito de una hermosa billetera que usaba solo para estas marrullas y, en el mismo gesto, se ubicó un paso más adelante, al alcance de las vituallas que parecían esperarlo, impacientes. Tomó la malla de las papas y, en un movimiento seco, corto, puso su mano izquierda debajo y agarró lo que hubiera. Luego, cuando le dijeron que tenía fondos insuficientes, nuevamente con la mano derecha, exhibió su billetera e hizo como que buscaba otra tarjeta o dinero en efectivo. En el mismo movimiento, los dedos de la mano izquierda, fieles a su hambre, ya habían arrojado al túnel de la manga un solo botín. Él no sabía muy bien qué objeto habían elegido sus dedos salvadores, pero estaba tan nervioso que no le importó. Se dio por bien servido. Ofreció excusas, dejó las cosas allí exhibidas, prometió que ya regresaría por ellas cuando fuera por efectivo y salió a la calle. Justo en ese momento, en el momento del triunfo, una voz lo llamó, enérgica, desde adentro del supermercado ¡Señor, señor! Él aceleró el paso, pretendió no escuchar. Fue alcanzado por la fuerte presión de una mano que se apoyó en su hombro. Lívido, sintiéndose perdido, giró el rostro. Vio a uno de los empacadores del supermercado que, con una sonrisa, le decía, abuelito, olvidó su tarjeta, al mismo tiempo que se la regresaba. Gracias, gracias, muy amable, atinó a decir él. Y siguió caminando calle abajo. Solo dos cuadras más adelante se atrevió a revisar el botín que apretaba en la manga. Un tomate chonto brilló al sol del mediodía. Un solo tomate fue su botín. El viejo lo acarició en su mano, le dio vueltas, calculó su textura. Era un tomate pequeño. Pero no había duda de que era hermoso.


                                                                            *** 


- Esto no puede continuar, nos exponemos a que el supervisor nos jale las orejas -dijo la cajera del supermercado.

- ¿Dejalo, no viste lo feliz que se puso? -contestó el empacador. 




jueves, 16 de mayo de 2024

Presentimiento del árbol

Escribo en tiempo real, escribo mientras el mundo transcurre aburrido (bola de fuego y agua que gira y gira sobre su eje y nos repele y nos retiene, dividiéndonos, y nos ilumina en medio del neto negro espacial). A pesar de ello escribo, o, quizás, precisamente por esa razón escribo. No lo sé. Lo cierto es que escribo, a medida que avanzas en la lectura, curioso lector que atraviesas con tus ojos las manchas de las letras sobre el fondo brillante, escribo para ofrecerte este camino, para regalarte el norte fugaz de mis instantes (raíz). Al fondo del texto yace un cuerpo inerte, piel de serpiente o pretérito yo. Escribo para llegar a ese cuerpo o surgir en él como surgen los árboles sobre la tierra negra, llovida y olvidada de las selvas del mundo. Escribo para llevarme hasta ese árbol, o para traer el árbol a mi cuerpo y que seas tú quien me plante al ver tus manos que aparecen redactadas justo en medio de esta zanja. Escribo para darle un sentido a los minutos, lector, y, al mismo tiempo (mágica coincidencia que es toda escritura) para encontrarnos en ese instante de silencio y lluvia que a todos nos depara el avanzar pausado por la página. Escribo porque leer es un retorno al fango, porque las letras, en cualquier disposición, construyen el camino del hijo pródigo: “mira, madre mía, tierra llovida del final del texto, soy tu hijo. Hace milenios, antes del lenguaje, partí con paso lento y peregrino, descendí al fondo de los océanos, navegué los mares mientras relámpagos ansiosos me llamaban a la vida, inventé el aire en mis pulmones, ascendí a la cima de los riscos y creí divisar el infinito”. Escribo como un retorno a ese infinito que vi, porque emprendí la marcha aquella noche en que alojé la luna entre mis ojos para luego cantarla. Escribo, lector, que ya recuerdas esta historia, que es la nuestra, y te sumas a mi rumbo del retorno, para alargar el viaje hacia la nada y aparecer de pronto, para sumar senderos al destino, para ignorar las ciudades construidas y derrumbadas casi al mismo tiempo, para no repasar mis religiones marchitas, para no cantar de nuevo los salmos renegridos, para desmentir la sangre con que pinté hermosos cuadros e inventé la vida eterna. Escribo porque la poesía tiene un límite y se llama final, y porque aún imagino que en mis dedos el universo cabe; pero no cabe, lector, todos sabemos que no cabe, pues el universo no cabe en sí mismo: bucle existencial, tierra llovida. No obstante, a ti retorno y cierro mis ojos y mis manos entierro y en ellas los árboles surgen, con desearlo o soñarlo no más, como un presentimiento del futuro. Lector, tú también suéñalo y deséalo conmigo en estas letras. Sean tus ojos mis manos, tu palabra leída dicte la siguiente palabra que escriba, justo ahora, mientras te espero ya dentro de ti, siendo tu anhelo y tu lectura, lector, de la palabra a la piel nuestra; y en ella nos nazcan los árboles que somos, así ofrecidos al sol que aún perdura y nos lee a nosotros, hace milenios ya, antes del lenguaje.



 

 

viernes, 10 de mayo de 2024

Hija natural

A Katherine Mansfield,

por un cuento suyo

 

La Niña que estaba cansada

construyó un camino para transitarlo sola.

El sendero de la muerte invernal

donde los patos degollados retorciéndose

no le asustaban

más bien

la liberaban

la entregaban al sueño

como quien muere en honor a Dionisio

borracho de cansancio

ebrio de soledad.

 

Unas frías manos chicas

infantiles

blancas

blandiendo los cojines de la muerte.

 

El bebé con su chichón doloroso,

último gesto.

 

Inventemos ahora que la Niña

que estaba cansada

y su pequeño hermano,

luego de que ella 

lo liberara de la vida,

se encontraron en las rutas del sueño

-sendero de la muerte invernal-

y pudieron jugar, tranquilamente.

Y después dormir.

Y luego despertar.





lunes, 29 de abril de 2024

Qué cosa es

 Qué cosa es un niño

felino humano

aire dulce

que no dura

pero en la lejana memoria

habitará lo eterno.

La voz del padre, atronadora o serena,

su olor a cerveza y cuero:

el niño es la forma como el padre rompe

lo oscuro

con una antorcha que no le pertenece.

Y el niño es la voz

de la madre

que alcanza en todos lados

los rincones del alma,

que hace vibrar

telarañas

donde antes no había

sitio

para el hogar.

Qué cosa es un niño que se arrastra por el suelo

y en él confía

es su amigo

su lugar fijo en el mundo.

Qué cosa es un niño

cuando las canicas caen bajo los sillones

mientras los adultos hablan

cuando las frutas se aparecen

como laberintos dulces

adónde mira, qué recuerda, cuál es su dolor

cuál es la soledad del niño

su corta melancolía

el lugar de sus manchas internas

y cómo calla,

con qué palabras de leche calla el niño

qué colores transparentes guían su mirada

por el mudo mundo

ojos que llegan primeros

a la vista,

objetos vencedores sin lenguaje,

cómo no agarrarlo todo

y todo probarlo

cómo no avanzar corriendo

por los cañaduzales

cómo esperar y por qué estúpido motivo

la llegada afanada del padre

o el grito de la madre

por qué cómo entender

la dureza de los coches

el ruido último de gomas

sobre un asfalto arenoso.

 

Cómo no mirar las aves

que planean a lo lejos

mientras el sol se duerme

para siempre

en los pequeños ojos líquidos.




sábado, 27 de abril de 2024

Visiones

De ventana en ventana me asomo al mundo

y soy el mundo

ojo de plastilina que se moldea viendo

adentro, abajo, profundo

un océano minúsculo calca objetos

un perro que se rasca

un ave que planea

la oruga dudosa

una mujer mirando

el llanto lejano del niño

palabras huecas que se lanzan

para atrapar al tiempo

con el hambre del ser.

 

Cierro la ventana de mis ojos

y el mundo

afuera

se reduce un poco.

 

Los soldados del día

quieren herirse unos a otros.

 

El silencio.




miércoles, 10 de abril de 2024

Cuencas oscuras

                                        I

Pero qué empeño cruel caduco autodestructivo este

de las palabras desmoronadas

de las palabras desatadas

del derrame de las palabras

para qué con qué objeto soltar palabras detrás

de las cosas como sombras

inútiles

rastreras

rémoras del sentido

testaferros de lo real

para qué para qué para qué

 

                        II

Detrás de la puerta de la vida

sentada

mirada lejana

la muerte calla

nos mira se le estiran los ojos

o mejor

el lugar de los ojos

aquellas cuencas oscuras

y siente envidia de nosotros

ve las fuentes insaciables del lenguaje

los borbotones

de relámpagos minúsculos del aire

que son las palabras

y entiende

ella sí

que así es como alargamos el tiempo

mientras dura.





Juegos

Vi el juego de dos niños uno agarraba al otro de la manga giraban en círculos a la rueda rueda otra niña no fue invitada pero trat...